sábado, 2 de diciembre de 2017

Las Filipinas en España

Del 30 de junio al 15 de octubre, el Museo Nacional de Antropología de Madrid presentó la muestra "Filipinas en el Parque de El Retiro en 1887". En ella se recuperan imágenes sobre la exposición que fue presentada por aquellos años del último período de la dominación española en el archipiélago asiático. Se trata en el fondo de una revisión crítica del pensamiento colonial de la época y de los conocimientos que España poseía sobre la  naturaleza, la cultura y la diversidad étnica de las islas filipinas, al cabo de más de 300 años de dominación.


"La vendedora de Lanzones" 1875
Feliz Resurrección Hidalgo y Padilla (1855 -1913)
Depósito del Museo del Prado


"El pescador de Sacang" 1875
Feliz Resurrección Hidalgo y Padilla
(1855-1913)
Depósito del Museo del Prado

Muy al estilo de las exposiciones universales del siglo XIX, en la cúspide del colonialismo europeo, se presentaban muestras sobre los territorios de "ultramar", en los que se mezclaban los frutos y supuestos beneficios de la dominación europea, con las observaciones de los primeros antropólogos, biólogos y lingüistas que, influidos por el positivismo, estaban interesados en investigar la variedad de pueblos no europeos. Las exposiciones eran una manera de enseñar las posesiones, incluyendo las coloniales.

La muestra del 2017 es, como señala el catálogo, "una reflexión a través de fotografías y objetos  (...) muy alejada en el tiempo y en las mentalidades." Más de 130 años después la intención no es conmemorativa, sino de reflexión sobre la manera que se presentó a Filipinas al público europeo.

Una novedad de la exposición de 1887 fue el trabajo fotográfico realizado por Jean Laurent y Cía. pues la imágenes " transmiten tanto una visión monumental como antropológica" al tiempo que muestran la forma en que se organizó la exposición. Varias imágenes fueron tomadas en Filipinas, recogiendo su ambiente supuestamente exótico y atrasado, para contrastarlo con la idea de modernidad y progreso que ofrecían la industria y el comercio. Las fotografías de estudio son particularmente atractivas porque reflejan, al estilo de la época, una teatralización de los sujetos retratados, en poses tribales o de habitantes de la ciudad.



"Grupo de Igorrotes de Benguet-Tinguianes con su jefe Ismael Alzate, muerto después por estos igorrotes en Filipinas." Anotación de Manuel Antón. Foto: Fernando Debás Pujant, 1887.

El cambio de indumentaria hace pensar que se trata de personas distintas
Foto: Fernando Debás Pujant, 1887

"La siesta", 1884
Miguel Zaragoza y Aranquizna (1847-1923)
Depósito del Museo Reina Sofía

En el mismo recinto, fuera de la exposición, me llamó la atención la siguiente fotografía, titulada "Frailes dominicos acompañados de un grupo de niños filipinos" que forma parte del álbum de la Provincia de Cagayán.


viernes, 17 de noviembre de 2017

Defensa militar en el Pacífico

Acaba de aparecer un nuevo libro sobre  la historia del Pacífico, escrito por Eder Antonio de Jesús  Gallegos Ruíz, enfocado en el estudio de la defensa militar y política del litoral novohispano en el gran océano y su vinculación estratégica con el Sudeste de Asia. 

Fuerzas de sus Reinos. Instrumentos de la guerra en la frontera océanica del Pacífico hispano (1571-1698) es una buena noticia para los lectores interesados en este inagotable tema de la relación con Asia, pues aporta un enfoque novedoso, desde la historia global, que vincula los acontecimientos en Asia y América. Ofrece un cúmulo de información sobre la defensa y gran detalle sobre la fabricación de armamento en ambos lados del océano.  Otra novedad es que el libro ha sido publicado por la editorial mexicana Palabra de Clío, que tiene como lema "Divulgemos la Historia para mejorar la sociedad."  Fuerzas de sus Reinos es el segundo volumen de la colección "El Pacífico, un mar de Historia."  El libro se puede adquirir a un precio muy competitivo en versión electrónica en www.palabradeclio.com.mx

Escribo lo anterior con entusiasmo por dos razones: la posibilidad de acceder a la lectura de textos de calidad y la aparición de nuevos enfoques de estudio. Con internet es posible tener en la pantalla libros y documentos que estaban reservados a especialistas con la capacidad de viajar a las grandes bibliotecas de Europa o Estados Unidos. En segundo término, por largo tiempo los temas del Pacífico estuvieron limitados a un círculo ligado a la historia de la iglesia o a la del comercio. 

El libro de Gallegos Ruíz está estructurado en tres capítulos cuidadosamente delimitados, una breve introducción y un capítulo de conclusiones. La obra cuenta con prólogo del doctor José Antonio Cervera, de El Colegio de México.

A partir de la premisa de que la manufactura de armamento es una obra de la tecnología y del pensamiento estratégico, incluso una obra de arte "del arte de la guerra", el tema de estudio es la estructura política que desplegó la defensa de los puertos en el Pacífico español, así como de la difusión de las técnicas militares para la construcción de armamento. "El sostenimiento material de los sistemas de transporte y defensivos en los arsenales y maestranzas, tanto como el intrumental bélico, requirió un flujo de insumos, agentes y saberes que muestra un proceso de circulación interoceánica" señala el autor.


Los dos primeros capítulos, más de la mitad del libro, pasan revista al contexto estratégico de la expansión española en el Pacífico, con especial interés en las iniciativas de tipo militar que se tomaron desde Manila y que, en términos generales, fracasaron en el objetivo de extender el poderío castellano en la región asiática, pero al menos lograron asegurar la permanencia en las islas filipinas. El libro logra compilar lo más destacado de literatura académica que se ha generado en décadas recientes y ofrece una guía al lector acerca de los temas y fuentes que pueden ser localizadas en medios públicos. Incluso, como hace referencia, es posible acceder a archivos de fuentes primarias por medio de internet.

Es en el segundo capítulo cuando la contextualización histórica da paso a un mayor detalle sobre los avances técnicos de la artillería en China y Japón, así como las prácticas en los puertos portugueses y los conocimientos desarrollados por la armada holandesa al final del siglo XVI. Diferentes tecnologías y formas de hacer la guerrar desataron por aquellos años una competencia militar de gran portento, caracterizada paradójicamente por el intercambio de conocimientos entre los adversarios.

Es interesante la revisión que realiza sobre la cooperación, frecuentemente forzada por las circunstancias, pero siempre tensa entre españoles y portugueses en diversas partes del sudeste de Asia, particularmente en las Molucas, lo que implicaba dos formas diferentes de organización militar.

En la tercera parte del segundo capítulo el autor introduce una amplia sección sobre la confrontación entre los ibéricos y los holandeses, un tema del que hemos venido comentando en las entradas recientes de este blog. Es importante que un estudio elaborado en México rescate el tema y aún hay mucho material para profundizar en las estrategias coordinadas desde la capital de la Nueva España para reducir el impacto holandés en aquellos territorios.

Es precisamente en el tercer capítulo del libro donde se muestra la vinculación profunda entre las necesidades de expansión y defensa con la estructura productiva de la Nueva España. La construcción de fortalezas militares, puertos, navíos y armamento es un tema muy amplio en el que han destacado historiadores mexicanos como Guadalupe Pinzón o Iván Valdéz Bubnov, entre otros. La fundición de cañones usando materiales americanos y asiáticos es un hecho poco estudiado y seguirá siendo de interés para los lectores y especialistas a fin de conocer los patrones de extracción de minerales en algunas zonas de México y Perú. El capítulo ofrece un comparativo de la producción de armamento en Acapulco y Manila que refleja las preocupaciones globales de los administradores de la época y que los estudios hasta ahora han fragmentado en localidades y regiones.

Enhorabuena.

miércoles, 4 de octubre de 2017

El último viaje del buque fantasma


Gabriel García Márquez

Ahora van a ver quién soy yo, se dijo, con su nuevo vozarrón de hombre, muchos años después de que viera por primera vez el trasatlántico inmenso, sin luces v sin ruidos, que una noche pasó frente al pueblo como un gran palacio deshabitado, más largo que todo el pueblo y mucho más alto que la torre de su iglesia, y siguió navegando en tinieblas hacia la ciudad colonial fortificada contra los bucaneros al otro lado de la bahía, con su antiguo puerto negrero y el faro giratorio cuyas lúgubres aspas de luz, cada quince segundos, transfiguraban el pueblo en un campamento lunar de casas fosforescentes y calles de desiertos volcánicos, y aunque él era entonces un niño sin vozarrón de hombre pero con permiso de su madre para escuchar hasta muy tarde en la playa las arpas nocturnas del viento, aún podía recordar como si lo estuviera viendo que el transatlántico desaparecía cuando la luz del faro le daba en el flanco y volvía a aparecer cuando la luz acababa de pasar, de modo que era un buque intermitente que iba apareciendo y desapareciendo hacia la entrada de la bahía, buscando con tanteos de sonámbulo las boyas que señalaban el canal del puerto, hasta que algo debió fallar en sus agujas de orientación, porque derivó hacia los escollos, tropezó, saltó en pedazos y se hundió sin un solo ruido, aunque semejante encontronazo con los arrecifes era para producir un fragor de hierros y una explosión de máquinas que helaran de pavor a los dragones más dormidos en la selva prehistórica que empezaba en las últimas calles de la ciudad y terminaba en el otro lado del mundo, así que él mismo creyó que era un sueño, sobre todo al día siguiente, cuando vio el acuario radiante de la bahía, el desorden de colores de las barracas de los negros en las colinas del puerto, las goletas de los contrabandistas de las Guayanas recibiendo su cargamento de loros inocentes con el buche lleno de diamantes, pensó, me dormí contando las estrellas y soñé con ese barco enorme, claro, quedó tan convencido que no se lo contó a nadie ni volvió a acordarse de la visión hasta la misma noche del marzo siguiente, cuando andaba buscando celajes de delfines en el mar y lo que encontró fue el trasatlántico ilusorio, sombrío, intermitente, con el mismo destino equivocado de la primera vez, sólo que él estaba entonces tan seguro de estar despierto que corrió a contárselo a su madre, y ella pasó tres semanas gimiendo de desilusión, porque se te está pudriendo el seso de tanto andar al revés, durmiendo de día y aventurando de noche como la gente de mala vida, y como tuvo que ir a la ciudad por esos días en busca de algo cómodo en que sentarse a pensar en el marido muerto, pues a su mecedor se le habían gastado las balanzas en once años de viudez, aprovechó la ocasión para pedirle al hombre del bote que se fuera por los arrecifes de modo que el hijo pudiera ver lo que en efecto vio en la vidriera del mar, los amores de las mantarayas en primaveras de esponjas, los pargos rosados y las corvinas azules zambulléndose en los pozos de aguas más tiernas que había dentro de las aguas, y hasta las cabelleras errantes de los ahogados de algún naufragio colonial, pero ni rastros de trasatlánticos hundidos ni qué niño muerto, y sin embargo, él siguió tan emperrado que su madre prometió acompañarlo en la vigilia del marzo próximo, seguro, sin saber que ya lo único seguro que había en su porvenir era una poltrona de los tiempos de Francis Drake que compró en un remate de turcos, en la cual se sentó a descansar aquella misma noche, suspirando, mi pobre Holofernes, si vieras lo bien que se piensa en ti sobre estos forros de terciopelo y con estos brocados de catafalco de reina, pero mientras más evocaba al marido muerto más le borboritaba y se le volvía de chocolate la sangre en el corazón, como si en vez de estar sentada estuviera corriendo, empapada de escalofríos y con la respiración llena de tierra, hasta que él volvió en la madrugada y la encontró muerta en la poltrona, todavía caliente pero ya medio podrida como los picados de culebra, lo mismo que les ocurrió después a otras cuatro señoras, antes de que tiraran en el mar la poltrona asesina, muy lejos, donde no le hicieran mal a nadie, pues la habían usado tanto a través de los siglos que se le había gastado la facultad de producir descanso, de modo que él tuvo que acostumbrarse a su miserable rutina de huérfano, señalado por todos como el hijo de la viuda que llevó al pueblo el trono de la desgracia, viviendo no tanto de la caridad pública como del pescado que se robaba en los botes, mientras la voz se le iba volviendo de bramante y sin acordarse más de sus visiones de antaño hasta otra noche de marzo en que miró por casualidad hacia el mar, y de pronto, madre mía, ahí está, la descomunal ballena de amianto, la bestia berraca, vengan a verlo, gritaba enloquecido, vengan a verlo, promoviendo tal alboroto de ladridos de perros y pánicos de mujer, que hasta los hombres más viejos se acordaron de los espantos de sus bisabuelos y se metieron debajo de la cama creyendo que había vuelto William Dampier, pero los que se echaron a la calle no se tomaron el trabajo de ver el aparato inverosímil que en aquel instante volvía a perder el oriente y se desbarataba en el desastre anual, sino que lo contramataron a golpes y lo dejaron tan mal torcido que entonces fue cuando él se dijo, babeando de rabia, ahora van a ver quién soy yo, pero se cuidó de no compartir con nadie su determinación sino que pasó el año entero con la idea fija, ahora van a ver quién soy yo, esperando que fuera otra vez la víspera de las apariciones para hacer lo que hizo, ya está, se robó un bote, atravesó la bahía y pasó la tarde esperando su hora grande en los vericuetos del puerto negrero, entre la salsamuera humana del Caribe, pero tan absorto en su aventura que no se detuvo como siempre frente a las tiendas de los hindúes a ver los mandarines de marfil tallados en el colmillo entero del elefante, ni se burló de los negros holandeses en sus velocípedos ortopédicos, ni se asustó como otras veces con los malayos de piel de cobra que le habían dado la vuelta al mundo cautivados por la quimera de una fonda secreta donde vendían filetes de brasileras al carbón, porque no se dio cuenta de nada mientras la noche no se le vino encima con todo el peso de las estrellas y la selva exhaló una fragancia dulce de gardenias y salamandras podridas, y ya estaba él remando en el bote robado hacia la entrada de la bahía, con la lámpara apagada para no alborotar a los policías del resguardo, idealizado cada quince segundos por el aletazo verde del faro y otra vez vuelto humano por la oscuridad, sabiendo que andaba cerca de las boyas que señalaban el canal del puerto no sólo porque viera cada vez más intenso su fulgor opresivo sino porque la respiración del agua se iba volviendo triste, y así remaba tan ensimismado que no supo de dónde le llegó de pronto un pavoroso aliento de tiburón ni por qué la noche se hizo densa como si las estrellas se hubieran muerto de repente, y era que el trasatlántico estaba allí con todo su tamaño inconcebible, madre, más grande que cualquier otra cosa grande en el mundo y más oscuro que cualquier otra cosa oscura de la tierra o del agua, trescientas mil toneladas de olor de tiburón pasando tan cerca del bote que él podía ver las costuras del precipicio de acero, sin una sola luz en los infinitos Ojos de buey, sin un suspiro en las máquinas, sin un alma, y llevando consigo su propio ámbito de silencio, su propio cielo vacío, su propio aire muerto, su tiempo parado, su mar errante en el que flotaba un mundo entero de animales ahogados, y de pronto todo aquello desapareció con el lamparazo del faro y por un instante volvió a ser el Caribe diáfano, la noche de marzo, el aire cotidiano de los pelícanos, de modo que él se quedó solo entre las boyas, sin saber qué hacer, preguntándose asombrado si de veras no estaría soñando despierto, no sólo ahora sino también las otras veces, pero apenas acababa de preguntárselo cuando un soplo de misterio fue apagando las boyas desde la primera hasta la última, así que cuando pasó la claridad del faro el trasatlántico volvió a aparecer v ya tenía las brújulas extraviadas, acaso sin saber siquiera en qué lugar de la mar océana se encontraba, buscando a tientas el canal invisible pero en realidad derivando hacia los escollos, hasta que él tuvo la revelación abrumadora de que aquel percance de las boyas era la última clave del encantamiento, v encendió la lámpara del bote, una mínima lucecita roja que no tenía por qué alarmar a nadie en los minaretes del resguardo, pero que debió ser para el piloto como un sol oriental, porque gracias a ella el trasatlántico corrigió su horizonte y entró por la puerta grande del canal en una maniobra de resurrección feliz, y entonces todas sus luces se encendieron al mismo tiempo, las calderas volvieron a resollar, se prendieron las estrellas en su cielo y los cadáveres de los animales se fueron al fondo, y había un estrépito de platos y una fragancia de salsa de laurel en las cocinas, y se oía el bombardino de la orquesta en las cubiertas de luna y el tumtum de las arterias de los enamorados de altamar en la penumbra de los camarotes, pero él llevaba todavía tanta rabia atrasada que no se dejó aturdir por la emoción ni amedrentar por el prodigio, sino que se dijo con más decisión que nunca que ahora van a ver quién soy yo, carajo, ahora lo van a ver, y en vez de hacerse a un lado para que no lo embistiera aquella máquina colosal empezó a remar delante de ella, porque ahora sí van a saber quién soy yo, v siguió orientando el buque con la lámpara hasta que estuvo tan seguro de su obediencia que lo obligó a descorregir de nuevo el rumbo de los muelles, lo sacó del canal invisible y se lo llevó de cabestro como si fuera un cordero de mar hacia las luces del pueblo dormido, un barco vivo e invulnerable a los haces del faro que ahora no lo invisibilizaban sino que lo volvían de aluminio cada quince segundos, y allá empezaban a definirse las cruces de la iglesia, la miseria de las casas, la Ilusión, y todavía el trasatlántico iba detrás de él, siguiéndolo con todo lo que llevaba dentro su capitán dormido del lado del corazón, los toros de lidia en la nieve de sus despensas, el enfermo solitario en su hospital, el agua huérfana de sus cisternas, el piloto irredento que debió confundir los farallones con los muelles porque en aquel instante reventó el bramido descomunal de la sirena, una vez, y él quedó ensopado por el aguacero de vapor que le cayó encima, otra vez, y el bote ajeno estuvo a punto de zozobrar, y otra vez, pero ya era demasiado tarde, porque ahí estaban los caracoles de la orilla, las piedras de la calle, las puertas de los incrédulos, el pueblo entero iluminado por las mismas luces del trasatlántico despavorido, v él apenas tuvo tiempo de apartarse para darle paso al cataclismo, gritando en medio de la conmoción, ahí lo tienen, cabrones, un segundo antes de que el tremendo casco de acero descuartizara la tierra y se oyera el estropicio nítido de las noventa mil quinientas copas de champaña que se rompieron una tras otra desde la proa hasta la popa, v entonces se hizo la luz, y ya no fue más la madrugada d e marzo sino el medio día de un miércoles radiante, y él pudo darse el gusto de ver a los incrédulos contemplando con la boca abierta el trasatlántico más grande de este mundo y del otro encallado frente a la iglesia, más blanco que todo, veinte veces más alto que la torre y como noventa y siete veces más largo que el pueblo, con el nombre grabado en letras de hierro, balalcsillag, y todavía chorreando por sus flancos las aguas antiguas y lánguidas de los mares de la muerte.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Lambert Biesman, el precio de la aventura

Solidaridad con mis compatriotas mexicanos que, una vez  más, sufren una calamidad natural, pero que han sabido estar a la altura con un enorme esfuerzo y gran espíritu.

Esta es la historia de un joven marinero holandés que emprendió dos viajes a Asia y perdió la vida en la batalla de Manila, la cual que hemos venido glosando en las últimas entradas de este blog. La información es tomada de un excelente ensayo elaborado por Fred Swart, que fue publicado en diciembre de 2007, con base en detallada información sobre la vida de Lambert Biesman, nacido en 1573 en Nimega (Nijmegen) en Holanda. En particular, el trabajo histórico rescata varias cartas escritas por Biesman a sus familiares, en las que narra con entusiasmo sus aventuras marítimas. Es un caso similar al de muchos jóvenes apasionados por la aventura y el reto de recorrer el mundo en un momento marcado por el conflicto entre España y los Países Bajos, que anunció el nacimiento de una nueva época de dominio comercial en el mundo.

Lambert Biesman nació en una familia de cómoda situación económica, que había participado de la idea de independencia de las Provincias Unidas para fundar Holanda después de un largo conflicto con España.  El primer viaje que hizo Biesman fue en la expedición comandada por Cornelis de Houtman hasta la actual Indonesia. El largo viaje duró dos años, de abril de 1595 al 14 de agosto de 1597.  Fue un fracaso en términos económicos y un desastre por la muerte de los marineros debido al hambre y el escorbuto. Sin embargo, se le considera la primera aventura de los holandeses en la carrera por las especias, que tendría muchas consecuencias para los portugueses y españoles, como hemos visto.


Llegada de Houtman a Banten, Indonesia, 
imagen de Tropenmuseum, part of the National Museum of World Cultures


La llegada a Banten, Indonesia, 
imagen de Levinus Hulsius (1546-1606) - "Kurze Wahrhaftige Beschreibung der neuen Reise..." (herausgegeben von Levinus Hulsius 1598 in Nürnberg), Sächsische Landesbibliothek Dresden.

Es ampliamente recomendable la lectura del trabajo de investigación histórica escrito por Fred Swart, pero me detendré más en la segunda parte, que narra el segundo viaje de Biesman, esta vez con el comandante Van Noort alrededor del mundo, que hemos venido refiriendo en las entradas anteriores.

En 1598, Lambert Biesman y su primo Jacob eran ya expertos marineros del Oriente. Es seguro que habrán contado sus historias sobre África, la India, Banten, Bali; los climas y sabores diversos, las penurias sufridas y el regreso a Holanda. Por ello fueron escogidos por Olivier Van Noort, un tabernero de Rotterdam, cuando organizaba el gran viaje por la ruta del Pacífico, en la compañía que denominó Magellansche Compagnie.  Un socio de esta aventura era el inglés Thomas Melis (o Melish), quien había sido piloto de Francis Drake y de Cavendish, y que pasaba ahora a ser copiloto de Van Noort.

Importa mencionar que la expedición contaba con el apoyo de Mauricio, principe de Orange, por lo que la nave capitana fue bautizada Mauritius. En la carta de autorización para navegar, firmada por Mauricio el día 28 de junio de 1598, decía:

"Yo, Mauricio, Principe de Orange, he armado estos navíos que estamos enviando a las costas de Asia, África, América y las Indias Orientales para negociar tratados y para comerciar con los habitantes de esas regiones. Pero, como hemos sido informados que los españoles y portugueses son hostiles contra los sujetos de nuestras provincias, e interfieren contra la navegación y el comercio en esas aguas, contrario a los derechos naturales de las ciudades y naciones, damos órdenes explicitas para ir a esas islas, resistir, hacer la guerra, y atacar tanto como sea posible contra los españoles y los portugueses." (*)
No repetiremos detalles sobre el itinerario seguido por la azarosa expedición, que salió del puerto de  Texel el 14 de agosto de 1598, con cuatro navíos, el Mauritius, el Eendracht (Armonía o Unidad), el Handrik Frederick, y el Hoop (Esperanza). Antes de partir, Lambert escribió a su padre una carta de despedida muy emotiva, en la que pide que recen por él; daba cuenta de su capital de 120 guildas, recomendaba que su hermano Wijnandt aprendiera idiomas, estudiara filosofía y aritmética, pues en caso de regresar a Holanda podría recomendarlo para tener un buen puesto de trabajo. Llevaba consigo cuatro sombreros adornados con perlas que esperaba vender en Asia y así obtener buenas ganancias.

Tuvo tiempo de escribir otras tres cartas que logró enviar con un barco holandés que encontraron en las islas Canarias, que venía de Barbaria (Marruecos). 

Al paso por Brasil, el estrecho de Magallanes y al cruzar el océano Pacífico la expedición perdió, como sabemos, dos navíos. Bajo esas circunstancias, Lambert Biesman se convirtió en capitán del Eendracht. La expedición llegó a Manila el 24 de noviembre. Durante varias semanas los dos navíos se dedicaron a robar a los barcos que pasaban, chinos, japoneses y españoles. El Mauritius contaba con cerca de 53 hombres y el Eendracht 24. 

Así llegó el momento de la batalla el 14 de diciembre de 1600. La nave capitana San Diego, comandada por Antonio de Morga se hundió irremisiblemente, el barco de Van Noort quedó gravemente dañado pero pudo huir.  La nave española San Bartolomé, comandada por Juan Alceaga, persiguió la nave de Lambert Biesman y la capturó. 

Biesman, según el testimonio de Van Noort y otros sobrevivientes, resistió fieramente y sólo la garantía de Alceaga de que  los prisioneros serían tratados con justicia hizo que se rindieran. Los prisioneros fueron llevados a Manila y presentados al gobernador Francisco de Tello. Los mutuos reproches entre Morga y Alceaga eran el telón de fondo. Las instrucciones para Alceaga eran en el sentido de perseguir a la nave capitana de Van Noort y no a la segunda nave holandesa. Van Noort había logrado escapar y hacerse paso entre los marineros españoles que trataban de nadar incluso con armaduras en el mar. Aparentemente, usaban picas para rematar a los enemigos sobrevivientes. Morga escribió que 50 españoles murieron de esa manera, mientras que Van Noort habló de 150.

19 holandeses, encabezados por Lambert Biesman, fueron hechos prisioneros en Manila. La documentación que fue recabada por las autoridades españolas es confusa porque Biesman no había sido nombrado oficialmente comandante del barco. La pena capital pesaba sobre todos ellos porque eran acusados de piratería, y no tendrían derecho a juicio, lo que echaba por tierra la promesa de Alceaga de someterlos a proceso.

No obstante, los prisioneros fueron interrogados y seis de los marineros más jóvenes fueron perdonados al convertirse a la religión católica. Otros prisioneros confesaron ser católicos en secreto y también conservaron sus vidas. Biesman en cambio se negó a aceptar la religión del Papa y fue condenado a garrote. Los sacerdotes que participaron en el proceso consideraron que Biesman había sido "el hereje más duro que hubieran encontrado en sus vidas."

Para los holandeses, Lambert Biesman es un héroe por haber resistido hasta el último momento. Para la historia de FIlipinas es un personaje casi desconocido. Los lectores podrán hacer sus propias conclusiones.
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Fred Swart, "Lambert Biesman (1573-1601) of the Company of Trader-Adventurers, the Dutch Route of the East Indies, and Olivier van Noort's Circumnavigation of the Globe." The Journal of the Hakluyt Society, 2007. Disponible en www.hakluyt.com/journal_articles/.../Lambert%20Biesman.pdf

 (*) Swart, op.cit., p.16. Esta es la escencia del debate que hemos mencionado entre Hugo Grocio y Serafim de Freitas. Mar abierto, mar cerrado.
In Memoriam Rogelio Reyes

Un gran amigo.  Profesional y apasionado en la difícil búsqueda en archivos históricos. 

Mis condolencias para su familia y amigos.

domingo, 10 de septiembre de 2017

El ataque a Manila, 1600

Oliver van Noort había salido de Rotterdam el 12 de agosto de 1598 con una flota de cuatro navíos. Llegó a las inmediaciones de Manila el 16 de octubre de 1600, tras casi dos años de una accidentada navegación y la pérdida de dos de sus naves. El Presidente de la Audiencia de Manila era Antonio de Morga, quien se vió obligado a improvisar la defensa del puerto con dos naves de comercio: la nao San Diego y el patache San Bartolomé. El 12 de diciembre las dos improvisadas naves, zarparon para hacer frente a los holandeses en la isla Fortuna. Los invasores disponían del galeón Mauritius y del Eendracht. El San Diego atacó a la nave capitana y obtuvo una rápida victoria, pero la nao española comenzó en ese momento a hundirse por una ruptura en el casco. La entrada de agua fue tan grande que no fue posible siquiera rescatar a la tripulación. Este sería el inicio de un proceso de acusaciones por negligencia en contra de Antonio de Morga. La ciudad logró ser protegida del ataque holandés a un gran precio de vidas y bienes materiales, pero se precipitó una crisis que habría de golpear al principal administrador de Manila.

Hundimiento del galeón San Diego

La crónica de Pedro Chirino, contempráneo de los acontecimientos señala:

"En otra pérdida y desgracia de estas islas (...) unos herejes corsarios de las islas (de) Holanda y Gelanda, vinieron á estas de Filipinas el mes de Octubre de 1600 á robar, como lo habían hecho en el mar del Norte á un navío de Portugueses, y en el del Sur, pasado el estrecho de Magallanes, á unas fragatas del Perú. Entraron por estas islas haciendo daños y prometiendo otros mayores. Porque se pusieron almirant y capitana (en que venía por general un Corsario, llamado Oliverio del Norte), en un paraje 6 leguas de Manila, donde forzosamente habían de embocar las naos de España, China y Japon, y ser registrados todos los navíos y embarcaciones, que de la ciudad saliesen. Contra estas dos naos salieron otras dos de la ciudad con más de trescientos hombres (la flor de la Milicia de estas islas) y mucha artillería, y pertrechos de guerra."

Continúa el cronista:

"En la nao Capitana iba el P. Diego de Santiago y el hermano Bartolomé Calvo, á petición del General Antonio de Morga Oidor de esta Real Audiencia, y otros capitanes, que con el padre se confesaban; porque tenía un trato muy apacible y sabía acomodarse á todos. Confesó primero la más de la gente y animó lo que pido para que acometiesen y peleasen. Al fin á los 14 de Diciembre reconocieron al enemigo: y cargando velas, con deseo de cogerle, barloaron capitana con capitana, abordando de suerte que se daba paso franco de una á otra. Y llegaron á quitar las banderas al enemigo, y arbolarlas en nuestra capitana prometiéndose los nuestros un gran suceso, y cantando ya la victoria.

Sin embargo, un brusco movimiento frustró la victoria en el último momento. La nave capitana se hundía y Antonio de Morga pudo salvarse nadando hasta la playa. Muchos de sus soldados no tuvieron la misma suerte:

"Sucedió que, ó por ser la nao celosa, que cargando mucha gente a la banda, recibió agua por las portañolas de las piezas bajas de artillería, ó porque con la fuerza de nuestras mismas piezas (que eran grandes) se abrió por la quilla ó por lo que Dios quiso la nao se fué a pique con toda la gente, exepto unos pocos, que quitando la chalupa al enemigo se salvaron en ella, y otros que nadando, salieron á la playa, como el General (Antonio de Morga) que con las dos banderas del enemigo salió á la marina (playa)."
El patache San Bartolomé logró apresar el Eendracht, sin embargo Oliver de Noort logró escapar.
"La almirante nuestra, que era una galizabra nueva, á cargo del almirante Juan de Arcega, aferrando con la almiranta contraria, la rindió y trajo á Manila, donde se hizo justicia de los corsarios que en élla venían. Pero entre los muertos y ahogados (que fueron ciento y nueve, Españoles, capitanes y soldados de los mejores de estas islas, y ciento cincuenta indios y negros) se ahogó también el P. Diego de Santiago. Murió con mucho valor, animando la gente, y habiéndola confesado casi toda. Viendo poco antes, que la nao se iba á fondo, y queriéndose echar á nado oyó una voz de un capitán, que le dijo: Padre oigame una palabra, que me vá mi salvación, Detúvose á confesarle con mucha caridad hasta el último trance, y después, no pareció, él, ni su compañero. Era el Padre de veintinueve años de edad, quince de Compañía: obrero de Indios y Españoles. El hermano Bartolomé Calvo, era de la misma edad, y siete de Compañía recibido en esta tierra, hermano de mucha virtud. Murió por la obediencia,á la cual fué siempre muy aficionado."

El asunto es trascendente porque inauguró una serie de ataques que iban a repetirse en los años sucesivos y como reflejo de los conflictos europeos entre España y Holanda. Incluso durante la tregua formal acordada entre ambos de 1609 a 1621, los holandeses continuaron atacando posiciones de Portugal y España en Asia y en América, como veremos más adelante.

La nao San Diego fue rescatada del fondo del mar en 1991 por un grupo de exploración, que recuperó cientos de piezas, que ahora se exhiben en el Museo Nacional de Filipinas, en Manila.El catálogo de la exposición recoge la opinión de un investigador Franck Goddio, muy crítica de la acción de Morga. Sin embargo, el historiador Patricio Hidalgo Nuchera revisa el hecho desde un enfoque mucho más amplio, como veremos en la siguiente entrada. Por lo pronto, el lector puede encontrar aquí la versión de Goddio.

Saludos a los lectores desde Lisboa, 10 de septiembre de 2017.
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(1) Chirino, Pedro. Relación de las Islas Filipinas y de lo que se ha alcanzado por los Padres de la Sociedad de Jesús. Roma: Estevan Paulino, 1604. Capítulo LXIV, pp. 199-200.

domingo, 20 de agosto de 2017

1600, Batalla de Manila 3

Concluiremos aquí el relato escrito por Antonio de Morga sobre el ataque holandés a Manila en 1600. Sin embargo, la batalla como tal en diciembre de ese año tiene varias vesiones que merece revisar ya que significó un duro golpe para el prestigio de Morga. De hecho, se llenaron muchas páginas de documentos legales, escritas por Morga, el Gobernador Tello y otros protagonistas, para echarse la culpa de las pérdidas y explicar los destrozos ocurridos.  La descripción de los preparativos es muy detallada porque serviría de base para la defensa legal de Morga: la Audiencia de Manila dispuso la defensa del puerto; el gobernador tuvo que decidir a quién poner al frente de la improvisada armada; varios ciudadanos de Manila trataron de evadir su responsabilidad en la defensa de la ciudad.

Dejamos al lector con la última parte del texto acerca de los preparativos, en la gramática original. Nótese que el autor escribe acerca de si mismo en tercera persona.

"El Doctor Antonio de Morga, traía a vista del enemigo algunos navíos muy pequeños y ligeros, cubiertos con la tierra, que le davan cada día aviso, del paraje en que quedava el enemigo, y lo que hazía, que era estarse muy de asiento, metiendo sus guardias cada día por las tardes por cima de las cubiertas, con cajas y vanderas, y disparando su mosquetería, con que se reconocía la fuerça, que este corsario traía, y que lo más y mejor della en la capitana, que era buen navío y ligero. Procurava así mismo el Oydor, que no saliede champán, ni otro navíos de la baía, porque no tuvierse aviso el corsario de lo que se hazía, y teniendo el negocio en este punto, avisó al governador lo que estava hecho, y que si le parecise, también se armase el patache Portugués, para que saliese en conserva de los dos navíos galizabra y sant Antonio de Sebú, que lo tenía embargado y adereçado para ello; proveyéronse municiones, y algunos bastimentos de arroz y algún pescado para los dos navíos, y restava el armar los de la gente de mar y guerra, que uviese de salir en ellos, de que avía poco recaudo, y los marineros se escondían y hazían enfermos, y unos y otros se mostravan de mala gana, por aver de salir a cosa más de riesgo y peligro, que de particular aprovechamiento, capitanes y soldados particulares de la ciudad, que no tenían sueldo, ni acostamiento del rey, que pudieran yr a la jornada, no se ofrecían al governador para ella, y si alguno lo uviera de hazer, se disimulava, hasta saber quién yva por cabeça desta armada, que aunque algunos capitanes de la tierra lo pudieran ser, el governador  no se inclinava a encargárselo, ni los demás quisieran yr debajo de su mando, pretendiendo y presumiendo de sí, cada un, que podía ser cabeça, y que no los avía de governar otro su vezino.
Vista de Manila, mediados del siglo XVII

"El governador era impedido para salir en persona, y vía, que toda la gente de la ciudad davan intención, de que si saliese con el armada el Doctor Antonio de Morga, irían con él, y no repararían en las dificultades que se les ofrecían, que entendida por el governador, la voluntad de los que podían embarcarse, y que por otro camino, no se podía efetuar lo que se deseava, y que la dilación de cada día era grandísimo daño; llamó a la ciudad al Oydor, y le trató del nehocio, y para que no se le escusase, proveyó un auto, que luego se le hizo notificar con el secretario del govierno, ordenándole de parte de su Magestad se embarcase, y fuese por general y cabo de a armada, en busca y seguimiento del corsario, porque de otra manera, según el estado en que las cosas estavan, no podía tener el fin que convenía. El Oydor, pareciéndole, que si lo dejava de hazer, se le pornía culpa, de aver dejado pasar tan forçosa ocasión, del servicio de Díos y de su Magestad, y del bien de toda la tierra, y que las cosas de la guerra vían estado a su cargo, y las avía manijado por mar y por tierra, y que le podría ser mal contado, bolver las espaldas en esta coyuntura, buscándole para ella; en especial, haziendo papeles sobre ello el governador, para su descargo, obedesció lo que se le ordenó, por el auto del governador, y su respuesta, que la letra es como se sigue."

En las próximas entregas de este blog describiremos la batalla y sus consecuencias para españoles y holandeses.